Palacio Real, catedral y una taberna que me odió: Madrid desde la Plaza de la Armería
Madrid tiene esa cosa rara de hacerte sentir pequeño y grandioso al mismo tiempo. Llegué a la Plaza de la Armería sin saber bien qué esperar, y lo que me encontré fue una de esas escenas que te detienen en seco: el Palacio Real con toda su fachada principal mirándote de frente, imponente, barroco, excesivo en el mejor sentido. Frente a él, la Catedral de Santa María la Real de la Almudena cerrando el cuadro por el sur. Dos monumentos que se miran entre sí desde hace siglos, y tú en medio como el turista que llegó tarde a una conversación que lleva cuatrocientos años pasando. La plaza tiene historia desde el siglo XVII, cuando todavía existía el Real Alcázar y esto era apenas una explanada. Hoy es uno de los puntos más visitados de Madrid, y se entiende por qué.

El Teatro Real también está en el mapa de este recorrido, ahí nomás, como si Madrid hubiera decidido juntar todo lo importante en unas cuantas cuadras para que no hubiera excusa de no verlo. Y sí, funciona. Caminas y de repente estás rodeado de arquitectura que no te pide permiso para impresionarte.

Ahora bien. No todo fue historia y fachadas bonitas.

Hay algo que me pasó en una taberna que me dejó un sabor más amargo que la lata de Bacardí con limón que me tomé después. Entré, y los que estaban adentro me miraron como si hubiera llegado a cobrar la renta. Uno se adelantó y preguntó directamente: "¿a qué viene?" Con ese tono. Ese tono que sabes perfectamente lo que quiere decir aunque no lo diga con todas sus letras. Yo, muy calmado, contesté: "a comer." Me apuntaron afuera: "ahí está el menú." Me salí y no volví.

Empatía, señores. Que buena parte de los ingresos de la temporada turística vienen precisamente de gente como yo, que llega de lejos y quiere gastar su dinero en su ciudad. No es complicado. No te pido que me quieras, te pido que me vendas unas albóndigas.

Las albóndigas, por cierto, las comí en otro lugar que ya no recuerdo cómo se llama, y estaban muy sabrosas. Así que el universo sí me dio las albóndigas, solo que no donde esperaba.

Y la lata de Bacardí con limón: demasiado ácida. Hola, gastritis. Bienvenida al viaje, ya sé que no te invité pero aquí estás.

Lo que sí rescato es que Madrid desde este rincón específico, la Plaza de la Armería, es de las mejores postales que tiene la ciudad. El Palacio Real tiene esa energía de "aquí se tomaron decisiones que cambiaron continentes", y aunque hoy es museo y atracción turística, algo de ese peso todavía se siente en el aire cuando estás parado frente a la fachada principal.

No vine a Madrid a quedarme. Es escala. Mañana hay vuelo a Ibiza y lo que viene ahí no tiene nada que ver con plazas históricas ni catedrales.

Pero me alegra haber pasado por aquí. Aunque la taberna me odiara.






Siguiente parada: Ibiza. Cocoon en 528, y una semana que no va a tener nada de histórico ni de tranquilo.

Yo en la Plaza de la Armería

Yo con mis albóndigas en Madrid