Linz: la capital mundial del arte electrónico y el segundo concierto que tampoco fue
Hoy tocaba la segunda noche de Gigi D'Agostino en Austria: el 5 de junio en la TipsArena de Linz. Era la otra mitad del plan. Y, como ya saben, también se pospuso: la productora la movió al 3 de diciembre de 2026 porque, según explicaron, era la única fecha libre por la cantidad de partidos de futbol en el estadio de al lado. Para mí, que vengo desde México, el 3 de diciembre es lo mismo que nunca.
Así que llegué a Linz sin concierto y con el ánimo en el piso. Por eso casi no tengo fotos propias de esta ciudad; las imágenes de este post son de Wikimedia Commons, con crédito a sus autores. Pero Linz merece que le dedique unas líneas, porque si hay una ciudad en Austria que debería importarle a cualquiera que viva de la música electrónica, es esta.

Foto: Walter Isack(Isiwal) · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons
En Linz nació Ars Electronica, en 1979: un festival dedicado a la relación entre arte, tecnología y sociedad, cuando la mayoría de la gente ni siquiera había visto una computadora personal. En 1987 crearon el Prix Ars Electronica, el primer concurso internacional dedicado exclusivamente a los medios digitales, cuyo premio es la Golden Nica. El Ars Electronica Center es ese cubo de vidrio sobre el Danubio con fachada de LEDs que cambia de color de noche; abrió en 1996 y se amplió en 2009, cuando Linz fue Capital Europea de la Cultura. Desde 2014 Linz es Ciudad UNESCO de las Artes Mediáticas. Para alguien que se dedica a la música electrónica y a la tecnología, esto es casi un lugar de peregrinación.

Foto: Isiwal · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
Otro dato que me encantó: aquí existe la Linzer Klangwolke, la "nube sonora". La primera fue en 1979, con la Octava Sinfonía de Bruckner proyectada sobre la ciudad y el Danubio para cien mil personas. Música al aire libre, a escala de ciudad, hace casi cincuenta años. Y otro más para los DJs: Parov Stelar, el pionero del electro swing, nació en Linz en 1974.

Foto: Isiwal · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
El corazón de la ciudad es la Hauptplatz, una plaza barroca de más de 13 mil metros cuadrados, de las plazas cerradas más grandes de Europa. En el centro está la Dreifaltigkeitssäule, la Columna de la Santísima Trinidad, de 1723, levantada en agradecimiento por haber sobrevivido a la guerra de 1704, al incendio de 1712 y a la peste de 1713. En Austria, por lo visto, cada tragedia superada merece su columna. Yo debería levantar una por sobrevivir a este viaje.

Foto: Matti Blume · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
Junto al río está el Lentos, el museo de arte moderno: una caja de vidrio de 130 metros que se ilumina de colores por la noche y que abrió en 2003. Y arriba de la ciudad, el Pöstlingberg, con su iglesia de peregrinación y un tranvía de montaña que funciona desde 1898 y que en su momento entró al libro Guinness como uno de los trenes de adhesión más empinados del mundo.

Foto: Isiwal · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
Linz también tiene historia de la buena: Anton Bruckner fue organista de la catedral de 1855 a 1868, y Johannes Kepler vivió aquí y publicó en 1619 su Harmonices Mundi, el libro donde aparece su tercera ley del movimiento planetario. Un astrónomo buscando la armonía del universo en la misma ciudad que décadas después se convertiría en la capital del arte electrónico. Algo de eso tiene sentido.

Foto: Hungry Dudes · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons
Y para cerrar con algo dulce: la Linzer Torte. Su receta más antigua conocida es de 1653, y es la receta de pastel más antigua del mundo que lleva el nombre de una ciudad. Masa con almendra o avellana, mermelada de grosella o frambuesa, y esa rejilla encima. En un país donde lo salado viene cargadísimo de alcaravea, paprika y condimento, la repostería es otra liga.
Linz es una ciudad que me habría gustado vivir con otro ánimo. Con concierto, con energía, entrando al Ars Electronica con la cabeza fresca. Me queda pendiente. Mañana, Viena, la última parada de Austria.

Yo junto al Danubio en Linz

Yo en la Hauptplatz de Linz