Avión, ronquidos y un taxista alemán con más chiste que yo
Llegué a Berlín. Vuelo largo, espalda hecha mierda y dos señoras a mis costados que, estoy completamente seguro, me van a poner en su lista negra de viajeros para siempre. No es que yo haya hecho algo malo, técnicamente. El problema es que me dormí. Y cuando me duermo en un avión, aparentemente me convierto en algo que no debería existir a 10,000 metros de altura. Los ronquidos. Ya saben. No hay mucho que explicar. Las dos señoras me miraron con esa mezcla de asco y resignación que solo se ve en gente que ya aceptó su destino pero no lo perdona. Llegué a Berlín sintiéndome culpable y descansado al mismo tiempo. Eso es una victoria parcial.

Lo que no esperaba era que el primer alemán con el que interactuara me iba a hacer reír desde el primer segundo. Fila de taxis, aeropuerto, maleta de 23 kilos que cargo como si fuera a mudarme definitivamente a Europa. El chofer se acerca y me dice "let me help you with your luggage". Le digo que no, que está muy pesada. Insiste. "Let me try." Le digo ok, pensando que iba a aprender la lección solo. La carga, hace una pausa dramática, y suelta: "It's heavy! What do you have inside, tacos?"
Me morí. Literalmente me morí en el aeropuerto de Berlín a las 11 de la noche.

Tenía en la cabeza ese cliché de que los alemanes son serios, fríos, eficientes pero sin chiste. Este cuate rompió ese estereotipo en treinta segundos con un chiste sobre tacos. Respeto total. En el trayecto al hotel me fue contando cosas de la ciudad: que Berlín de noche es tranquilo, que puedes caminar solo sin problema, que la gente es pacífica. Lo dijo con esa naturalidad de alguien que lleva años viviendo ahí y ya ni le parece especial, pero a mí me sonó bien. Vengo de CDMX. El concepto de "caminar solo de noche y no pasa nada" no es algo que mi cuerpo procese fácilmente.

También me recomendó KitKat. Para los que no saben, KitKat Club es uno de los clubes más famosos de Berlín, con una política de dresscode que básicamente consiste en llegar con lo menos posible puesto. Fetish-friendly es el término diplomático. Le dije que no era lo mío. Él se rió y me dijo que él tampoco va porque no quiere ver hombres cogiendo entre hombres. Dicho así, sin filtro, al estilo taxista nocturno berlinés. El nivel de honestidad brutal de este hombre en veinte minutos de trayecto fue impresionante.

El check-in en el hotel fue igual de rápido y amable. Dos personas, dos interacciones, cero drama. Llevo apenas dos horas en Alemania y ya me ha sorprendido más de lo que esperaba. No en el sentido de "wow qué país tan maravilloso" sino en el sentido de: la gente aquí simplemente funciona. Sin rollos. Sin actitud. Sin hacerte sentir que te están haciendo un favor.

También me mencionó el taxista que entrar a Berghain siendo extranjero es casi imposible. No es leyenda urbana, es la realidad documentada de miles de personas que han hecho fila horas y terminaron viendo la puerta desde afuera. Los porteros de Berghain son famosos por rechazar gente sin dar ninguna explicación, con una frialdad que haría llorar a cualquier influencer acostumbrado a la lista VIP. Mañana es el intento. No tengo expectativas altas pero tampoco voy a llegar con cara de turista emocionado. La actitud lo es todo, según dicen los que sí han entrado.

Hoy solo descanso. El cuerpo lo necesita después de Ibiza y el vuelo. Mañana ya veremos qué pasa con Berghain o Tresor. Lo que sí sé es que Berlín ya me cayó bien desde el primer taxi, y eso dice mucho.
Mañana: el intento Berghain. O Tresor. O me siento en un café a ver pasar a la gente como un berlinés más. Berlín no te apura, y eso ya me gusta.

Yo frente al Berliner Dom

Yo cenando en Berlín