Café del Mar, 200 euros y mexicanos robando taxis en Ibiza
Hoy fue día chill. Después de la noche en 528 y todo lo que vino después, el plan era simple: conocer el icónico Café del Mar, ver el atardecer, comer algo decente y no morir en el intento. Pero antes de llegar, el taxista me regaló la mejor historia del viaje hasta ahora, y eso que llevamos varios días acumulando material. Me iba platicando, con esa calma mediterránea que tienen los ibicencos, que casualmente la misma noche en que yo estuve en 528, un par de mexicanos tomaron un taxi desde Pacha hacia un hotel cercano. Iban discutiendo entre ellos adentro del taxi, cada vez más acalorados, hasta que el chofer ya no pudo más y les pidió, con toda la educación del mundo, que bajaran del vehículo. Que ya no los quería llevar. Y lo que hicieron estos dos cracks fue bajarse, esperar a que el chofer también bajara... y llevarse el taxi.
Me lo contó con una sonrisa que mezclaba incredulidad con resignación, como quien ya vio demasiado en esta isla. Y yo ahí, muriéndome de risa pero también con ese orgullo nacional herido que solo los mexicanos entendemos. La pregunta obvia es: ¿a dónde vas a huir si Ibiza es una isla? No exactamente el plan de escape más elaborado de la historia. Spoiler: fueron directo a su hotel, donde los estaba esperando la policía. Mexicanos haciendo historia en todos los países que visitamos, como siempre.
Llegando al Café del Mar, el lugar cumple exactamente lo que promete. Lleva más de cuatro décadas siendo el templo del sunset en Ibiza y se nota. No es un restaurante que también tiene buenas vistas: es una experiencia construida alrededor de la luz, el mar y la música. Me senté, pedí y me dejé llevar.

De comer: carpaccio con una especie de chile ibérico que claramente alguien diseñó queriendo replicar el picante sin entender qué es el picante, más alcaparras. Estaba bueno, honestamente. Después, pulpo a las brasas acompañado de puré de camote. Eso sí estaba muy bien ejecutado. Para beber: dos piñas coladas, una cuba y un café. De postre, cheesecake con menta. Todo muy sabroso, sin queja en sabor ni en atención.

La queja, si acaso, es la de siempre en estos lugares: porciones pequeñas. No raquíticas, pero pequeñas para lo que cobran. La cuenta llegó a 200 euros más propina. Doscientos euros. Por una persona. Y aun así no me arrepiento, porque el atardecer, la música y el ambiente lo justifican. No todo en la vida se mide en costo-beneficio puro; a veces pagas por estar en el lugar correcto en el momento correcto, y eso no tiene precio fijo.


El atardecer en sí fue lo que esperaba y más. Esos colores sobre el Mediterráneo, con una selección musical perfectamente curada, tienen algo que no se puede describir bien en texto. Es de esas cosas que simplemente tienes que vivir. La música fluye sin que notes exactamente cuándo cambia ni quién la pone, solo sientes que todo encaja.


Al salir pasé por la tienda oficial del Café del Mar y ahí encontré algo que no podía dejar ir: un vinilo conmemorativo del 44 aniversario. Cuatro LPs. No soy coleccionista compulsivo, pero hay objetos que tienen peso real, que representan algo más allá de lo que son físicamente. Este lo tiene. Es un pedazo de historia de la música electrónica en formato tangible, y ahora viene conmigo a México.


Después de la tienda caminé por toda la orilla de San Antonio. Dos horas junto al mar, sin prisas, sin destino concreto, solo caminando. Ibiza de noche, con el agua al lado y el ruido de la isla en el fondo, tiene una energía que no se parece a ningún otro lugar que haya pisado. Es caótica y tranquila al mismo tiempo, dependiendo de a dónde voltees.











Terminé el recorrido abordando un taxi de regreso al hotel, con los pies cansados, el estómago bien puesto y un vinilo de cuatro discos bajo el brazo. Día chill bien ejecutado.
Mañana: Marco Carola en Pacha. Eso ya es otra conversación.

Yo en Café del Mar

Yo con mi vinilo de Café del Mar